martes, 2 de agosto de 2011

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La ciudad de Wilde

Esta nota salió publicada en la revista del diario La Nación, el pasado sábado 30 de abril. Decidí postearla por la atracción y la admiración intelectual que genera Oscar Wilde en mí. No se la pierdan. Uno de los mejores escritores de la literatura universal.

Adorado, perseguido y luego vuelto a adorar, el autor de "La importancia de llamarse Ernesto" se hace notar en infinidad de recorridos, espacios y monumentos que le rinden homenaje.

Tres vasos con restos de vino del Rin y una carta a su nombre fue lo que Lord Alfred Douglas, Bosie, encontró el 6 de abril de 1895 en la habitación 53 -hoy 118- del Hotel Cadogan de Londres. Pocos minutos antes la policía había arrestado en ese lugar a Oscar Wilde, su amante.



Ese día, dos de los más cercanos amigos de Wilde, Robbie Ross y Reggie Turner, intentaron vanamente persuadirlo de que huyera a Francia. Wilde simplemente se fue al Cadogan y se instaló allí, indeciso. A eso de las cinco de la tarde un periodista del Star, Thomas Marlowe, fue al hotel y le dijo que acababa de mandar un mensaje al diario anunciando que se había librado una orden de arresto en su contra.

Wilde se quedó blanco pero no se movió. Permaneció con sus amigos bebiendo vino del Rin con soda hasta que los detectives llegaron una hora más tarde, según cuenta Trevor Fischer en su libro Oscar y Bosie. Una pasión fatal. Desde el hotel lo llevaron hasta la estación Bow Street y de allí a la prisión Holloway.

El Hotel Cadogan fue construido en 1887 y está situado en una de las zonas más refinadas de Londres. De 28 metros cuadrados, la habitación 118 tiene techo azul y paredes color chocolate, cortinas de raso y el respaldar de la cama es de terciopelo. Como hace esquina, tiene tres espléndidas ventanas que dan directamente sobre las calles Sloane y Cadogan Gardens.

Claro que está renovada, pero se mantienen el estilo y los colores que tenía por aquella época, según me dijo amablemente la joven que desde la conserjería me acompañó, para mi asombro, a conocer esa habitación. Era mi día de suerte. Nadie la ocupaba. Pues lo cierto es que cualquiera que esté dispuesto a pagar más de 200 libras puede dormir allí, como no lo hizo Oscar Wilde aquella fatídica noche del 6 de abril de 1895.

De metido nomás, abrí el placard. Quedé paralizado. Un viejo saco fumoir, de esos de seda matelaseada con cordones en las solapas y los puños, colgaba del barral. No era el de Wilde, sino alegórico a los que él usaba.

Pensé que si yo hubiera estado allí hace 115 años habría tratado de raptarlo para sacarlo de Inglaterra y evitarle el trágico final. Especulación fácil para quien ya sabe el final. Además, su tragedia aceita esa wildemanía que el escritor irlandés despierta en el mundo entero. Ni siquiera habría estado yo espiando dentro de esa habitación si las cosas hubiesen sido de otro modo.

Cavilaciones al margen, lo real es que la ciudad en la que el escritor desplegó su genio nos regala todavía hoy decenas de espacios que fueron escenarios en los que Wilde reinó desde que se instaló en ella en 1879.

Secretos de familia

Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde se casó con Constance Mary Lloyd el 29 de mayo de 1884. Eligieron la Iglesia St. James, ubicada en Westbourne Terrace y Sussex Gardens, Paddington. Vaya a visitar esta iglesia y aproveche la oportunidad de pasear por uno de los barrios más bonitos de Londres.

El flamante matrimonio pasó su luna de miel en París y al regresar se instaló en el 16 de Tite Street (hoy numerada como 34), en el espléndido barrio del Chelsea. Wilde, un obsesionado por la belleza y la estética, utilizó en decorar la casa gran parte de las 5000 libras esterlinas que aportó Constance como dote. Allí vivió desde 1884 hasta 1895, y allí nacieron sus dos hijos, Cyril en 1885 y Vyvyan en 1886.

La casa, de frente de ladrillo, es igual al resto de sus vecinas de cuadra, como es típico que ocurra en Inglaterra. De tres plantas, cada una de ellas aloja hoy a distintos inquilinos. Un círculo azul, de los que marcan sitios históricos, reza: "Oscar Wilde 1854/1900. Ingenioso y dramaturgo, vivió aquí".

En el teatro Royal Haymarket, Wilde estrenó en 1893 su primera comedia: Una mujer sin importancia a la que casi inmediatamente siguió Un marido ideal. El teatro está en el corazón de Londres, muy cerca de la estación de Piccadilly Circus del subte. El Salón Oscar Wilde es un lujito que se dan algunos. Puede alquilarse para que les den allí un recibimiento preferencial a usted y a sus invitados desde 30 minutos antes de la función. Le convidarán champagne y un acomodador los llevará a sus plateas apenas un instante antes de que comience el espectáculo.

El Café Royal, ubicado en el 68 de Regent Street, Piccadilly Circus, fue tal vez el lugar favorito de nuestro personaje Se dice que tanto lo mimaban que cuando se le escuchó decir que detestaba los papeles pintados de las paredes, inmediatamente ordenaron pintarlas de blanco.

El 14 de febrero de 1995, un acto de reparación histórica ocurrió en la Abadía de Westminster. Desde ese día, en lo que se conoce como el rincón de los poetas, uno de los vitreaux recuerda el nombre de Wilde. El templo se había resistido más de cien años a poner allí su nombre por su condición de homosexual. Cuando enfrente ese sector, levante la vista y mire hacia la izquierda. Ni a Charles Dickens ni a Rudyar Kipling parecen importarles tan indecente compañía.

Uno de los últimos homenajes fue el monumento que hizo la escultora Maggi Hambling. Si usted sale de la estación Charing Cross rumbo a Leicester Square se lo topará. Está sobre la calle Adelaide a metros de Trafalgar Square. Se llama Una conversación con Oscar Wilde y representa la cabeza y los hombros del dramaturgo irlandés tallado en bronce, levantándose de lo que parece ser un ataúd de granito. Un cigarrillo de bronce desaparece de tanto en tanto, atesorado seguramente por algún fanático de Wilde. Usted podrá sentarse en ese monumento, en el que se lee la famosa cita wildeana: "estamos todos en la cloaca, sólo que alguno de nosotros estamos mirando las estrellas".



Por Nino Ramella

La ruta de los libros

Esta nota fue publicada en la revista del diario La Nación, es pasado sábado 30 de abril.

Los viajeros literarios recorren el mundo según la vida y obra de sus autores favoritos. De la Nueva York de Salinger a la París en la que se escribe en sus cafés, con una escala en Londres, donde los lectores de Wilde se cruzan con los fans de Harry Potter.

Viajar por el mundo siguiendo la ruta que trazan los lugares citados en cuentos y novelas es una tendencia que fascina a los turistas amantes de los libros. Porque mientras que algunos contratan tours para practicar deportes o realizan exóticos safaris, esta raza de inquietos lectores elige circuitos no convencionales para recorrer de la mano de sus escritores preferidos. Así, eligen tomar un café a orillas del Sena en la misma mesa donde Sartre sedujo a Simone de Beauvoir o rodear la manzana de la fundación mítica de Buenos Aires.

Para sus recorridos se valen de los más diversos recursos: navegan en cruceros de lujo por las islas griegas de Homero, viajan en auto por París guiados por un GPS o atraviesan en bicicleta grandes ciudades asistidos por las instrucciones que les envían a sus teléfonos celulares. En Londres la aplicación "Get London Reading App", informa a sus usuarios qué libros están relacionados con el lugar en el que se encuentran. Es un hecho: el romanticismo del lector no está reñido con la más moderna tecnología.

"Recomiendo leer Ulises, de Joyce, y caminar por Dublín siguiendo la ruta trazada por el protagonista, Bloom. ¡Es un viaje increíble!", escribe Ben Dukes, desde Alaska, en el foro Viajes inspirados por los libros, de la guía Frommers, en el que los amantes de esta modalidad comparten sus experiencias.

"Siempre viajé a través de los textos. Adoro los libros de misterio y tengo muchas guías para recorrer Londres. Me gustaría ir al hotel Bertam, que cita Agatha Christie en uno de sus libros", afirma otro turista en el website especializado literarytraveller.com.

"Amo a Borges y por eso invito a realizar la caminata borgeana por Palermo. Es para argentinos y extranjeros, para especialistas y para los que creen que es un autor difícil y le tienen miedo", sugiere Alejandro Frango, especialista en literatura argentina que pasea con pequeños grupos tras la obra de Cortázar, Arlt y Borges. También en Buenos Aires, el gobierno de la ciudad ofrece itinerarios como "El camino de las letras", porque ser turista (literario) en la propia ciudad tiene sus encantos.

Por Virginia Mejía

En internet

Literary Traveler

Frommers

Gobierno de la ciudad de Buenos Aires

Visit London

London Taxi Tour

The Magician

París, entre tumbas célebres y cafés literarios

Esta nota fue publicada en la revista del diario La Nación, el pasado sábado 30 de abril.

París es la meca del viajero literario. Los más grandes autores vivieron, o al menos pasaron parte de su vida, en la Ciudad Luz. Ofrece, a grandes rasgos, dos posibles recorridos vinculados a las letras. Por un lado están los más románticos, que pasean al atardecer a orillas del Sena y se sientan a tomar un café en la misma mesa en que lo hizo tal o cual de sus escritores favoritos.

Por el otro, están los que visitan los cementerios de Père-Lachaise y Montparnasse, que albergan las tumbas de decenas de escritores, intelectuales, artistas y filósofos célebres.



El primero es donde más cantidad de personalidades descansan. Pero el segundo le gana en la pasión y el romanticismo con los que se lo recorre. Allí está la tumba de Charles Baudelaire, que suele verse cubierta de flores secas, poemas, papelitos y extraños objetos que dejan los fieles del autor maldito. Visitar este sitio rodeado de gatos negros es un rito obligado de los fanáticos del poema Las Flores del Mal, que tanto escandalizó a la sociedad de su época.

En Montparnasse se encuentran, también, los restos de Simone de Beauvoir y Sartre, Samuel Beckett, Julio Cortázar y Marguerite Duras, entre otros intelectuales y escritores famosos.

Père-Lachaise es para algunos una especie de parque temático del turismo funerario. Se pueden hacer visitas guiadas, adquirir planos o descargar visitas virtuales en Internet que indican los emplazamientos de las tumbas célebres. Allí están casi todos: Abelardo, el tristemente castrado a causa de su amor por Eloísa, Balzac, Daudet, Miguel Angel Asturias, Alfred de Musset, Wilde, Proust y el cantante Jim Morrison, que, por sus letras, para muchos amerita el estatus de poeta. Su lápida es una de las más visitadas del mundo y son peculiares los espectáculos que perpetúan sobre ella los seguidores del grupo de rock que lideraba, The Doors.

Otras estaciones ineludibles en la ruta parisiense son la Biblioteca Nacional, que alberga 13 millones de libros, y la librería Shakespeare and Company, famosa porque en ella se tomó una célebre fotografía Hemingway. Su dueña, la norteamericana Silvia Beach, publicó la obra maestra Ulises, de su amigo James Joyce.

Al atardecer, el alto obligado es donde se reunía la crème de la crême de los escritores y filósofos, a orillas del Sena, con sus célebres cafés Les Deux Magots y De Flore. Al primero lo frecuentaban Hemingway, André Breton y Albert Camus.

Entre las mesas del Café de Flore a menudo se podía encontrar a Lawrence Durrel o Truman Capote. Si uno quiere llevarse el recuerdo de una verdadera experiencia literaria, se sugiere sentarse en el comedor de la planta superior de este lugar, donde pasaban largas horas conversando Sartre y de Beauvoir. Allí, actualmente, muchos se sientan con sus laptops a escribir en sus blogs, buscando que la musa inspiradora de todas aquellas grandes figuras los toque con su magia.





Tal vez, algún viajero literario, por qué no, termine convirtiéndose, finalmente, en un gran autor.

En internet

Père-Lachaise
Via Michelin

El origen está en Proust

Los investigadores remontan los orígenes del turismo literario a la obra En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, en la que el francés recorre los lugares que transitó en su infancia. Los seis volúmenes de esta obra se transformaron infaltables de las bibliotecas, aunque pocos realmente los hayan terminado de leer. De cualquier manera, sus admiradores inauguraron una nueva forma de viaje y la Normandía se convirtió en una de los destinos por excelencia de los amantes de los libros.

Otros, en cambio, señalan el inicio del turismo literario a mediados del siglo XVII, con los denominados Grand Tours: visitas a los puntos culturales más importantes de Europa que realizaban los jóvenes británicos de clase alta, como una etapa educativa y de esparcimiento previa a la adultez. La tradición resistió el paso del tiempo y hoy algunos estudiantes, una vez que se reciben, siguen siendo enviados por sus padres a recorrer el antiguo continente con fines educativos

Nuestras vacaciones | Madrid + Miami-Orlando + NYC


Dublín, Oscar Wilde y yo

Los bares de Temple Bar ...





Un Baileys en un bar de Irlanda